“Y entonces, ¿qué es lo que sí harías?”- le dijo muy quitado de la pena uno de los seres que estaba sentado a un par de metros de él mientras se divertía con unas pequeñas plantas.
Con los ojos muy abiertos, Yo nunca, sobresaltado, volteó hacia donde escuchó la voz. No sabía que estaba alguien cerca escuchándolo.
“No sé, yo nunca me había hecho esa pregunta”, le respondió casi automáticamente y sin pensarlo mucho.
Pudo haber pensado que al estar tan preocupado por evitar ser quien no quería ser, se estaba perdiendo de simplemente ser por ser; que su supuesta libertad sólo la tenía de nombre por sus tantas prohibiciones personales; que sus prejuicios sólo lo estaban obstruyendo de encontrar la plenitud de su vida.
Pero no, simplemente se alejó de ahí, con un extraño sentimiento de impotencia, que intentó eliminar de inmediato al gritar lo más fuerte que pudo, con la intención de que el universo entero lo oyera: “¡Como si nunca hubieran dicho nunca!”, sintiéndose más vacío que nunca.
Al ir caminando tan rápido, no se percató de dos seres inquietos que pasaban por su lado y a los que estuvo a punto de derribar. Ni disculpas, ni nada, Yo nunca desapareció en el camino.
“¿No era él familiar de los Yo hubiera”?- le preguntó algo intrigado uno de esos seres al otro. “No –le contestó el segundo- yo creo que es el hijo perdido de la familia conversa Nosotros hacemos lo que nos da la gana”.
Caminando con un andar tranquilo y sereno, los dos seres fugaces sonriendo, coincidieron: “Esperemos que pronto los encuentre”.
miércoles 6 de julio de 2011
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ME GUSTO TU HISTORIA. ATTE, KARI
Creo que en el fondo todos tenemos algo de Yo Nunca... y esta linda historia nos recuerda la importancia de conducirnos con sencillez y humildad en esta vida.
RRiva
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