Mi corazón palpitaba tan fuerte que lo escuchaba a través de mis oídos, mis piernas comenzaron a temblar después de más de 15 minutos de intensa actividad y mi respiración extremadamente agitada estaba a punto de hacerme perder el control de mi cuerpo.
Y sí, estaba participando en una carrera de 7 kilómetros, motivada por dos firmes razones: por mero gusto y por curiosidad, ya que debido a un par de proyectos editoriales para corredores en los que estoy involucrada tenía la inquietud de saber qué estoy escribiendo, en lugar de sentirlo desde la tribuna.
Sin embargo, lo que más me sorprendió no fue el hecho de sentir que llevé a tope mi cuerpo de esa manera, sino las reacciones de los demás por mis respuestas en un diálogo que se repitió un par de veces durante la mañana:
“¿Cómo te fue?”, “bien, gracias”, “ah, sí, pero cuánto hiciste?”, “yo qué sé, lo divertido fue que ¡llegué!”. ¿El efecto? Una medio sonrisa confusa y un obligado cambio de tema.
Comprendí que los apasionados del deporte están al pendiente de sus marcas personales para superarlas, que un minuto menos en el trayecto significa una gran satisfacción, que el ritmo cardiaco es el nuevo reloj del atleta.
Entiendo todo eso, pero ¿por qué extender la vorágine de la urgencia, el máximo desempeño, el alto rendimiento, la prisa por la mejora continua hacia un pasatiempo, un hobby, una excusa perfecta para respirar aire fresco?
Yo, por lo pronto, sin pensar si voy en quinto, nonagésimo o último lugar, intento trotar por el simple hecho de sentirlo, de poderlo hacer y así, lograr atribuirle mayor importancia a un verbo subvalorado y hasta mal visto, que estoy empezando a hacerlo parte de todo mi ser: disfrutar por disfrutar, que en verdad es algo que disfruto mucho.
miércoles 13 de julio de 2011
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disfrútalo mientras dure...luego puede venir el gozo de saber que puedes hacer menos...o más...
revisa esto:
http://www.marcianoduran.com.uy/?p=289
yo.
sweet =)
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